Multimillonaria “Sin Nadita Que Comer”.

Hetty Green

Hetty Green conocida como La Bruja de Wall Street, era una de las personas más ricas de Estados Unidos a principios del siglo XX, pero también era una de las más miserables. Nacida en 1834, hizo grandes negocios con gran impacto en Wall Street. Hizo inversiones estratégicas en bienes raíces, ferrocarriles y bonos de la Guerra Civil con gran éxito logrando una gran fortuna de aproximadamente 2 millones de dólares (ahora 3 mil millones de dólares)

Esta mujer no se ganó la estima del público, nunca hizo una caridad, no vivía como una persona rica, ni siquiera como una persona corriente, todo lo contrario vivía muy pobremente, fue registrada en el Libro Guiness como la mujer más avara de la historia.

Aunque su fortuna era enorme ella no gastaba ni un centavo que pudiera entrar al ahorro. Se ponía todos los días el mismo vestido, solo lavaba la parte que rozaba el piso. Vivía con sus hijos en hoteles de mala muerte. Cuando compraba una medicina llevaba el envase para que allí le colocaran la medicina y no tuviera que pagar por el envase nuevo. Comía con sus hijos en el mercado la comida más barata. Una vez no durmió toda la noche porque se le había perdido un sello de 2 centavos.

Ella prosperaba cuando caían los otros; comprando acciones a la baja, ejecutando propiedades e incluso manteniendo bancos enteros, ciudades enteras a su merced a través de enormes préstamos que hacía. Dependiendo de a quién le preguntes, ella era una brillante estratega o una prestamista despiadada.

Su mansión

En cierta ocasión su hijo sufrió un accidente y tuvo una herida en la rodilla. Ella lo llevó a un hospital de atención gratuita para pobres, así no tenía que pagar. El médico reconoció a Hetty Green y le exigió que pague, pero la mujer se negó. El hospital no quiso atender a su hijo sino pagaba. Entonces ella lo llevó a su casa y lo curó, pero seguramente tan mal que poco después la herida se infectó y tuvieron que amputarle la pierna por la gangrena que se le presentó.

Hetty sufría de una hernia y tenían que operarla, pero la operación costaba 150 dólares que se negó a pagar porque consideraba que era mucho dinero. 150 dólares era mucho de los 200 millones que Hetty tenía. Y así tuvo que vivir en una silla de ruedas hasta su muerte. Murió a los 81 años de apoplejía en medio de “una pobreza extrema”.

¿Y dónde quedó toda su fortuna? Los dos hijos Edward y Sylvia heredaron toda esta riqueza después de la muerte de su madre. Edward la despilfarró y Sylvia donó a organizaciones de caridad.

Hetty sentada a la entrada de su casa

Hetty no se llevó nada a la tumba. La avaricia en tal extremo es  un transtorno mental,  digno de estudio, no puede ser normal, necesitaba un psicólogo o un psiquiatra. Hay muchos casos similares donde las personas están sentadas en sillas de oro, pero no tienen que comer, ni que vestirse, ni techo para vivir. No gastan nada y pasan las más grandes dificultades y además se quejan de su situación tan lamentable “sin nadita que comer”.

Me viene a la memoria el poema de Rafael Pombo, lo transcribo entero.

La Pobre Viejecita

de Rafael Pombo

Érase una viejecita
Sin nadita que comer
Sino carnes, frutas, dulces,
tortas, huevos, pan y pez.

Bebía caldo, chocolate,
leche, vino, té y café,
y la pobre no encontraba
qué comer ni qué beber.

Y esta vieja no tenía
ni un ranchito en que vivir
fuera de una casa grande
con su huerta y su jardín.

Nadie, nadie la cuidaba
sino Andrés y Juan y Gil
y ocho criados y dos pajes
de librea y corbatín.

Nunca tuvo en qué sentarse
sino sillas y sofás
con banquitos y cojines
y resorte al espaldar.

Ni otra cama que una grande
más dorada que un altar,
con colchón de blanda pluma,
mucha seda y mucho olán.

Y esta pobre viejecita
cada año, hasta su fin,
tuvo un año más de vieja
y uno menos que vivir.

Y al mirarse en el espejo
la espantaba siempre allí
otra vieja de antiparras,
papalina y peluquín.

Y esta pobre viejecita
no tenía que vestir
sino trajes de mil cortes
y de telas mil y mil.

Y a no ser por sus zapatos,
chanclas, botas y escarpín,
descalcita por el suelo
anduviera la infeliz.

Apetito nunca tuvo
acabando de comer,
ni gozó salud completa
cuando no se hallaba bien.

Se murió del mal de arrugas,
ya encorvada como un tres,
y jamás volvió a quejarse
ni de hambre ni de sed.

Y esta pobre viejecita
al morir no dejó más
que onzas, joyas, tierras, casas,
ocho gatos y un turpial.

Duerma en paz, y Dios permita
que logremos disfrutar
las pobrezas de esa pobre
y morir del mismo mal.


Fuente Taringa:
http://www.taringa.net/posts/paranormal/16954660/Historia-extravagantes-que-quizas-no-sabias.html

http://www.poemas-del-alma.com